Quizás su única posibilidad de liberación sea la muerte:
Macbeth: ¡Ojalá hubiera muerto yo pocas horas antes! Mi vida hubiera sido del todo feliz. Ya han muerto para mí la gloria y la esperanza...23
Ánima y animus
Es evidente que al principio la pareja de los esposos Macbeth se muestran como complementarios. La mutua pasión entre ellos depende del sueño de ambos de una grandeza compartida, prometida por Macbeth, nos dice Bloom.24 Y quizás esa complementariedad se deba a lo que dice Jung sobre el ánima, que es el aspecto femenino inconsciente del hombre, y animus es el aspecto masculino inconsciente de la mujer. Como se ve, el ánima y ánimos son personalidades según la cual Macbeth y su mujer se relacionan desde proyecciones inconscientes mutuas. Tal complementariedad permite que apreciemos, al inicio de la obra, cierto equilibrio, comprensión y hasta ternura entre ellos; incluso, la “virilidad” de ella, cuando le induce al regicidio, despierta admiración en su esposo.
La unión de las diferencias forma la naturaleza misma del ser humano, basada en la complementariedad y la oposición de las diferencias. Sin embargo, según Balandier, “los mitos explican la unión difícil de los sexos, de los principios machos y hembras, en dos versiones paralelas pero que difieren totalmente en el momento del desenlace, uno acaba en fracaso y el otro en éxito”.25 En la obra observamos cómo en forma gradual la pareja se va distanciando psíquicamente, mientras se van desarrollando, a medida que sus acciones y pensamientos progresan, hasta llegar a convertirse en antagonistas. Así, Macbeth, el “bueno”, se convierte en un tirano cuando Lady Macbeth, la “villana” del principio, fría, calculadora y perversa, que le induce a cometer el crimen, se torna dócil e indefensa hacia el final, hasta llegar al suicidio (que sería una muestra de debilidad extrema, y ahí se ve que la persona sufre también con el mal). En ella existe una relación entre fatalidad y culpabilidad, de palabras terribles, y que abrigan mucha maldad, llena de una pasión pero negativa.
En cuanto a Macbeth, se puede apreciar claramente un cambio profundo en su carácter: pasa de ser un hombre bueno, honorable y fiel, a ser un tirano cruel y despiadado al que todos terminan odiando y traicionando. En ese mismo sentido, al principio, Lady Macbeth se muestra más ambiciosa que su esposo, y resulta evidente su esfuerzo en urdir el plan para cometer el regicidio; pero ya Macbeth había escuchado la voz de su propia conciencia, como una idea preconcebida, para acceder al poder.
El lado femenino de él y el masculino de ella se van transformando, y a partir del fallido banquete, Macbeth se vuelve juguete, ya no de su viril esposa, sino de Hécate. Las brujas, “musas de Macbeth”, como dice Bloom, sólo introducen esa posibilidad. Sin embargo no deja de ser un hecho notable que sean “mujeres”, aunque no lo parezcan del todo, junto a Lady Macbeth, las que influyeron como su ánima, es decir el lado femenino en Macbeth, en el desarrollo de sus pensamientos y acciones, y que a la vez pone en entredicho su “hombría”.
Por otro lado, llama la atención que la fertilidad convertida en infertilidad, tal como la aridez de la tierra, se personifica en Lady Macbeth de manera absoluta, en una negación total de la maternidad como hecho natural y humano.
En suma, hay una clara inversión de las psiquis de los personajes, seriamente afectadas por la ambición para acceder al poder, es decir, el lado “sombra” de cada uno de ellos se impone, los posee, y eso le da un giro inesperado al desenlace de la obra.
Casi como una conclusión, acercarse a la obra Macbeth podría asemejarse al descenso a los infiernos, porque penetrar en la conciencia humana, hacia el “lado sombra” del alma de Macbeth, tiene su toque de fascinación, tentación y terror del misterio que encierra lo oculto. Esto es literatura, pero por algo la psicología moderna trabaja con las emociones humanas que el arte atrapa, y trata de buscar, en el cuerpo psíquico, habitado por los dioses más reprimidos, las consecuencias de las trasgresiones provocadas por el orgullo humano, o hybris.
Macbeth es el personaje que cae por su ambición y eso lo convierte en un ejemplo de héroe trágico al modo medieval, que se derrumba por su propio error al querer rebelarse contra el estado natural de las cosas. Es un antihéroe, porque sus crímenes ponen de manifiesto su cobardía (Duncan es un viejo bondadoso, su primo y además es asesinado mientras duerme; igualmente, Macbeth asesina a mujeres y niños), sus acciones son contrarias a las de un verdadero héroe.
De esa forma, Shakespeare, en el teatro de venganza durante el periodo isabelino, retoma la categoría dramática griega de “destino”, pero ahora con otros sentidos: el destino es el azar simbolizado por la Rueda de la Fortuna, posteriormente, es la propia condición del héroe la que determina su propia caída. Macbeth ha transgredido las leyes naturales, las humanas, civiles y hasta militares, por ser general del ejército de Escocia, convertido en traidor y déspota. Su contraparte sería Macduff (que después de la muerte de Banquo, es quien lidera el ejército inglés) y la mayor amenaza para Macbeth, Némesis de éste —profetizado por las brujas—, como el “hombre no nacido de mujer” y único capaz de matarle.
Lealtad y patria por un lado y ambición y traición, por otro, mezclado con lo sobrenatural, el miedo constante, las trasgresiones a la naturaleza, y una culpa que todos comparten, como dice Knight, conforman el caos imperante tanto afuera como en el interior de los personajes, liderado por los Macbeth. Las brujas, tal vez Hécate, vienen a él porque le conocen sobrenaturalmente y “no ponen nada en su espíritu que no estuviera ya allí”, acota Bloom, refiriéndose a Macbeth.26
En líneas generales, la obra podría tomarse como metáfora de la condición humana, y la naturaleza del mal en la humanidad. El mal es una personificación de los hombres, no una persona humana, lo que establece la profunda complejidad moral de la obra —“aunque ningún sistema ético es definitivo”, como acota Knight— porque, sin embargo, la obra nos dice que el mal está en el hombre, quien tiene potencialmente la capacidad de hacer el mal de una manera intrínseca. Knight dice que “el mal de Macbeth está simbolizado en la enfermedad de una nación” (Escocia),27 lo que bien pudiéramos relacionar con las condiciones de nuestra época. Por ello, Bloom atribuye a Shakespeare la intención de que después que muere Macbeth “es menos liberación para nosotros”, a propósito de la liberación del tiempo, pues nos deja una rara sensación de ser nosotros como Macbeth, de manera “inescapable” y aterradora, así como de su imaginación como la propia nuestra, y de tener un destino semejante, y su mismo miedo, por el sentimiento de que estamos violando nuestras propias naturalezas tal como Macbeth.28 Simplemente aterrador.
Bibliografía
Balandier, G. (1975). “Hombres y mujeres o la mitad peligrosa”. En Atropo-lógicas. Barcelona, España: Ediciones 62.
Bloom, H. (2001). Shakespeare. La invención de lo humano. Bogotá, Colombia: Norma.
Eliade, M. (1973). Lo sagrado y lo profano. Traductor: Luis Gil. Madrid: Guadarrama.
López-Pedraza, R. (2003). De Eros y Psique, un cuento de Apuleyo. Caracas: Festina Lente.
Knight, W. (1979). Shakespeare y sus tragedias. La rueda de fuego. México: Brevarios, FCE.
Shakespeare, W. (1973). Macbeth. En Tragedias. Traductor: Luis Astrana Marín. Barcelona: Círculo de Lectores.
Wain, J. (1967). El mundo vivo de Shakespeare (guía para el espectador). Madrid: Alianza.
Notas
1. Todas las palabras de las brujas nos dan el marco de la obra, del caos y confusión tanto de la Naturaleza como del hombre.
2. Shakespeare, W. Macbeth, pág. 197.
3. Banquo es la contraparte de Macbeth en la historia. Es también un general que sigue fiel a su verdadero rey. Su fidelidad y las profecías de las brujas acerca de que será padre de una estirpe de reyes, representan una grave amenaza para Macbeth, por eso éste lo mata.
4. Eliade, M. Lo sagrado y lo profano; pág. 13.
5. Knight, W. Shakespeare y sus tragedias, pág. 211.
6. Shakespeare, W. Macbeth, pág. 198.
7. Shakespeare, W. Macbeth, pág. 197.
8. Bloom, H. Shakespeare. La invención de lo humano, pág. 523.
9. Ibídem, pág. 518.
10. Bloom, H. Shakespeare. La invención de lo humano, pág. 520-522.
11. Ibídem, pág. 526.
12. Eliade, M. Lo sagrado y lo profano; pág. 15.
13. Bloom, H. Ibídem, pág. 534.
14. El rey, quien confiaba plenamente en Macbeth, y eso es lo que carcome a éste durante toda la obra.
15. El portero dice: “¡Que estrépito! Ni que fuera uno portero del infierno”. Shakespeare, W. Macbeth, pág. 212.
16. Shakespeare, W. Macbeth, págs. 249-250.
17. Ibídem, pág. 213.
18. Un país entero, una ciudad, un santuario representan una imago mundi. “Flavio Josefo escribía, a propósito del simbolismo del Templo, que el patio representaba el Mar (es decir, las regiones inferiores); el santuario, la Tierra, y el Santo de los Santos, el Cielo”. Eliade, Lo sagrado y lo profano, pág. 16.
19. López-Pedraza, R. De Eros y Psique, un cuento de Apuleyo, pág. 48.
20. Acto fallido, según Freud, es aquel acto que manifiesta la forma de expresión contraria a la intención original del sujeto. Puede ser en la acción, en el discurso verbal, o en un gesto.
21. Shakespeare, W. Macbeth, pág. 211.
22. Ibídem, pág. 212.
23. Shakespeare, W. Macbeth, pág. 213.
24. Bloom, H. Shakespeare. La invención de lo humano, pág. 531.
25. Balandier, G. “Hombres y mujeres o la mitad peligrosa”, en Atropo-lógicas, págs. 17-21.
26. Bloom, H. Shakespeare. La invención de lo humano, pág. 532.
27. Knight, W. Shakespeare y sus tragedias, pág. 223. Bloom, H. Shakespeare. La invención de lo humano, págs. 518-524.